Por Denise Armitano Cárdenas

Marina y el mar
—A usted le gusta mucho el mar…
—El mar no, la orilla del mar —puntualiza con desdén.
Marina, cuyos afectos habían sido tragados por una tromba feroz, se dedica a colectar lo que el océano regurgita sobre la playa: restos de objetos fabriles que considera regalos ‒incluso oráculos‒ y que transforma en joyas para una solícita clientela.
Los hallazgos de su predilección son aquellos fragmentos de loza en los que aún se aprecian flores, arabescos y algunos personajes de historias mutiladas, pero sobre todo los pequeños vidrios erosionados, limados durante años por la arena y el implacable vaivén de las mareas. Abundan los verdes menta, clorofila y limón, también los de color hielo y caramelo, recuerdos de garrafas fiesteras o frascos de boticario. Marina siempre espera encontrar trozos azul añil que, como ella, han convivido con el veneno. Recibe botellas, excepcionalmente enteras, aunque ninguna trae consigo mensajes: tal vez porque son ellas el mensaje. Rara vez la sorprende un diminuto cristal bermellón, tal vez una gota de su sangre.
—Entonces usted le debe todo al mar…
—No, al mar le cobro lo que me ha quitado.
Texto publicado en el libro de la autora Atrapanieblas (Editora BGR, España, 2023)

Botellas al mar
A O. A.
“Quisiera pintar toda mi vida”, dijo el adolescente antes de ser secuestrado por traficantes de arte que lo obligan a copiar las célebres marinas de Iván Konstantinovich. Ha pasado la mitad de su vida pintando todos los días, esclavizado y hastiado del eterno retumbo del oleaje que se repite en los lienzos. Con inquebrantable destreza, su trazo replica el mar en todos sus humores, navegado por infinidad de embarcaciones ora a punto de zozobrar, ora surcando aguas mansas de fino encaje. Un grillete en su tobillo le recuerda lo inútil que es buscar escapar. Cuando quebró sus pinceles fue severamente castigado. Entonces decidió perfeccionar detalles ‒apenas perceptibles pero inusuales‒ susceptibles de atraer la atención de algún experto que, al descubrir la falacia de su arte, pudiera encontrar sus mensajes ocultos en las crestas espumosas de las olas, en el índigo y turquesa de las fauces oceánicas devorando buques extraviados, en las velas rasgadas por la tempestad, en la pupila aterrada de un mascarón de proa que se ahoga. Ya han transcurrido algunos años y, aunque su astucia equivale a lanzar botellas al mar, el pintor sabe también que la única manera de obrar por su libertad es seguir pintando.
Texto publicado en la antología Estelas en altamar (Ángeles del papel Editores, Perú, 2023, pág 103)
y en el libro de la autora Atrapanieblas (Editora BGR, España, 2023)
Imágenes:
Iván Konstantinovich Aivazovsky – Sin título o Naufragio cerca de las rocas (1870)
