Ana Teresa y Antonio

Ana Teresa era una niña hermosa, perteneciente a una de las familias más pudientes de Caracas. Antonio se embelesó cuando ella tenía dieciséis años y su cuerpo apenas comenzaba a lucir curvas delineándolo en el de una mujer. Quedó prendado por su belleza, encantado con su piel, blanca como las perlas y suave como el pétalo de una flor. Se enamoró a primera vista de ese rostro precioso, adornado de ojos negros, abundante y larga cabellera del mismo color.

Para ese entonces, Antonio era figura sobresaliente de la política. Sirvió de cónsul venezolano en Filadelfia y Nueva York durante los años del Monagato. Formó parte del ejército de la federación en la guerra de los cinco años, fue hombre de confianza del general Juan Crisóstomo Falcón, y de los principales negociadores para concretar la firma del Tratado de Coche, pacto que puso fin a la Guerra Federal. La llegada de Falcón a Caracas devengó en su designación provisional como presidente y Guzmán Blanco se convirtió en su vicepresidente.


Fue en esa época que conoció a Ana Teresa, quien se interesó en aquel caballero, alto, bien parecido, de modales elegantes, y, lo más importante, egresado de la universidad. Los padres de la muchacha no tuvieron problema con el hecho que le doblara en edad, pues la familia lo conocía bien. Al obtener el título de abogado ejerció el oficio de las leyes en el escritorio jurídico del doctor Diego Bautista Urbaneja, hermano de Anastasia, la madre de Ana Teresa.

La jovencita sabía que Antonio, por su edad y trayectoria, había tenido una vida sentimental previa, cortejado a otras mujeres que llevó a su lecho con húmeda complacencia. Estaba enterada de que tenía un hijo natural que portaba su apellido y se llamaba Juan Isidoro, nacido en Curazao, fruto de su relación con Elvira Lobo. También que durante la presidencia de José Tadeo Monagas, tuvo amores con Luisa Giussepi Monagas, nieta del caudillo oriental. Las malas lenguas decían que por eso lo despacharon de cónsul a los Estados Unidos. El mismo Monagas decidió designarlo a Filadelfia para mantenerlo alejado de Luisa, estrategia que se mostró efectiva, pues, al poco tiempo de su partida, se enamoró de otro.

Como explica la historiadora Inés Quintero, en su libro La palabra olvidada:
“Ana Teresa, obviamente, no tenía una biografía política ni amorosa similar a la de su novio. Era como correspondía a su sexo y condición, una joven de su casa, educada en la virtud y convenientemente preparada para afrontar el matrimonio y la constitución del hogar. No se conoce que hubiese tenido otro novio antes de Guzmán y seguramente resultaba particularmente atractivo para una joven de su edad que un hombre de la trayectoria y visibilidad pública de Guzmán Blanco hubiese fijado su mirada, interés y sentimientos en su persona”.

Lo cierto es que Ana Teresa era muy buen partido, y no solo por su indiscutible belleza. Era educada, culta, tenía temas interesantes de conversación. Además, pertenecía a una de las mejores familias de Caracas. Su padre, Andrés Ibarra, era sobrino del Marqués del Toro, último noble titulado y personaje más rico del territorio al momento que estalló la guerra de independencia. Ibarra alcanzó el rango de general en esos tiempos, convirtiéndose en edecán y amigo del Libertador, uno de los pocos que lo acompañó hasta el momento de su deceso en la quinta San Pedro Alejandrino. Su abuelo materno, Diego Bautista Urbaneja, fue activista de la causa emancipadora, ministro de José Antonio Páez, figura prominente de la política venezolana.

Desposarla le otorgaría el linaje que le faltaba a su familia, pues su padre, Antonio Leocadio, por ser hijo de un oficial español, no luchó en batallas de la Independencia, y durante la presidencia de Páez se le veía como un alborotador. Su madre era mantuana, pariente lejana del libertador, pero dueña de modesto capital. En su mente, era la alianza perfecta, una que consolidaría estirpe derivada de los próceres, estableciendo especie de nobleza en su descendencia.

Ana Teresa y Antonio contrajeron matrimonio el 13 de junio de 1867. Ella tenía dieciocho años y él treinta y seis. Basta decir que la boda fue evento del año, uno que no pasó desapercibido en la diminuta sociedad caraqueña. El enlace entre tan enaltecida figura del gobierno con una hermosa dama de sociedad dio mucho que hablar en la ciudad que adorna las faldas del Ávila. Ofició la ceremonia el arzobispo de Caracas, Silvestre Guevara y Lira, máxima autoridad eclesiástica de la época, también acudió a la misa y fiesta, como invitado especial, el presidente de la república, el mariscal Falcón.

Del brazo de su marido salió de la iglesia ese día, doña Ana Teresa Ibarra Urbaneja de Guzmán Blanco, para entrar en las páginas de la historia de Venezuela, ocupando un puesto especial en cuanto a dignidad y significado, tanto en la vida familiar como la política del país.

A los tres meses del casamiento tuvieron que enfrentar su primera crisis, una que serviría como entrenamiento para el futuro. En septiembre de ese año estalló una revolución comandada por Luciano Mendoza, integrante de las filas federales que se alzó con el propósito de invadir Caracas, derrocar el gobierno de Falcón y ponerlo preso. Todo con la excusa de la descomposición de los principios del federalismo.

Le tocó entonces al esposo, como comandante de armas del Distrito Federal y mano derecha del presidente mariscal, salir a combatir a los rebeldes. Por primera vez, Ana Teresa, a su tierna edad y recién casada, se convirtió en presa del pánico al pensar podía perder a su marido en el campo de batalla, o quizás su amor en otra cama que no fuese la que compartían.

Ella comprendió que el marido debía ausentarse e hizo todo lo posible por mostrarse atenta mientras estaba en campaña. Escribía con frecuencia, haciendo envíos con el propósito hacer lo más placentera posible su estancia mientras se hallaba lejos del hogar. El primer correo llegó acompañado de una hamaca, un peine y anteojos, efectos que olvidó en el apuro de su partida. A estos tres artefactos le sumó algunos obsequios que le causarían satisfacción, como piezas de ropa, un paquete de té y otro de galletas.

En medio del agite, Antonio encontró tiempo para atender a su esposa desde la distancia, respondiendo cada una de sus cartas. En tono cariñoso le escribía para narrarle sus experiencias, ponerla al tanto de los pormenores de campaña y, sobre todo, describir su estado de ánimo con su separación, que sería la primera de muchas.

Por suerte, tras un par de encontronazos, logró repeler a las fuerzas de Mendoza y negociar un acuerdo para evitar más derramamiento de sangre. El sedicioso aceptó deponer sus armas y trasladarse a Caracas en su compañía para ser recibido por Falcón.

Apenas abrazó al marido a su regreso, estrechándolo y plantándole un beso apasionado en los labios, le anunció con una sonrisa que estaba encinta. La alegría de tener al esposo de vuelta solo duró un par de meses. Al poco tiempo de notificar el embarazo, Antonio tuvo que ausentarse otra vez. En esta ocasión el viaje era menos peligroso que el primero, pero se iba a Europa por un lapso prolongado e indefinido, como ministro plenipotenciario ante varias naciones del viejo continente.

A principios de diciembre se embarcó en La Guaira, dejando a su esposa sola en Caracas. Le escribió todas las noches en el camarote, dejando una torre de cartas, amarradas con un lazo, en cada puerto que atracó el barco durante su travesía a Europa. Pero el tiempo no parece alcanzarle para hacerle comprender, con frases dulces, lo mucho que la echa de menos.

Fue luego de las celebraciones de año nuevo que comenzaron a llegar las primeras cartas acompañadas de regalos comprados en su viaje, prendas que le recordaban a ella, como camisones, batas para andar por la casa, un vestido, zapatos y un frasco de Eau de Cologne de Johann Maria Farina. También una cuna y mueblecito para la habitación del bebé, así como una taza, plato, cucharita, baberos y su primer juguete, una maraquita.

Desde París escribió el 31 de diciembre, un tanto melancólico, la epístola que le llegó con los primeros presentes, despidiéndose de su amada con ternura y devoción:

Oh, qué no daría yo por estar en casa y tenerte junto a mí
¡A qué no renunciaría yo por ti!”.

Mientras tanto, ella se mantuvo prudente. Era ajena al acontecer político, aunque no indiferente a los problemas que azotaban a la nación. El nombre de su marido aparecía todos los días en la prensa y en boca de todo el mundo. Por eso se mantuvo en la casa, recibiendo solo a familiares, pendiente de no ser vista en la calle, para no dar comidilla en la mesa de los chismosos. Cuidándose y siendo doblemente estricta, pues con el marido ausente sus enemigos y malquerientes hallarían placer al humillarlo con calumnias.

Finalmente, el 28 de agosto de 1868, Guzmán Blanco desembarcó en La Guaira, y tres días después llegó su casa en Caracas, donde ella lo esperaba vestida con la bata enviada desde París y su hija Carlota en brazos para presentársela. Después de eso, y antes que el servicio trajera la cena, sin decirle nada, puso sobre la mesa una cajita que dijo haber hallado en una de las gavetas de su escritorio mientras lo limpiaba.

Al verla supo que estaba en problemas. El cofrecillo contenía un mechón de pelo castaño y un par de sortijas que no eran de ella, trofeos de amores pasados que aún conservaba, o tal vez evidencias de una infidelidad.

Ella, más que nadie, conocía su apetito sexual. La frecuencia con la que necesitaba le abrieran las puertas del paraíso para estar satisfecho y complacido. En eso no era bestia fácil de domar.

El disgusto de esa noche seguro fue digno de novela. Antonio pudo calmarla, alegando desconocer que eso estaba allí. Previo al matrimonio se entregó a la labor de deshacerse de cualquier recuerdo que le pudiese resultar desagradable a ella o perjudicial a la paz de la vida conyugal. Aquello había debido reposar más de una década en la esquina de una gaveta de su escritorio.

“Desde que me casé de la única cosa de la que me he ocupado eres tú, que vivas contenta y feliz”. Es hasta probable que le haya dicho también que el bendito cofrecito con el mechón y los anillos pertenecían a Luisa Giussepi, quien, por casualidades de la vida, había fallecido durante su periplo a Europa.

No sería la única vez que manifestara sus rencores y desconfianza con respecto al pasado amoroso de su marido. Ese fue tan solo el principio de la aventura, o el primero de esos roces que rinden tributo al lema según cual el matrimonio consiste en hacer el amor y la guerra a un mismo tiempo.

Dicen que los hombres poderosos deben tener atrás una mujer que sepa gobernarlos, y así cumplió Ana Teresa con Antonio y Venezuela, sirviendo de consejera, templando los ánimos del marido cuando el ego le nublaba la mente al tiempo de tomar decisiones precipitadas, evitando le saliese un tiro fallo de puntería. Fungiendo como única voz que sin miedo podía salirle con sermón o reproche capaz de ponerlo en su sitio y se dejase de tonterías. Eso sí, siempre en privado, pues los platos sucios se lavan en la cocina.

“Siempre estoy angustiadísima porque sé lo descuidado que es usted para todo y con todo el mundo. Deténgase a pensar en un momento solo en esto y mire el peligro que corremos. Es muy indispensable que tenga un extremado cuidado con todas las personas a quienes trata, con todos los alimentos y bebidas que tome. No uno, sino todos los días”.

Desempeñó esa complicada tarea durante las dos décadas de hegemonía en las cuales Guzmán Blanco se empeñó en hacer y deshacer todo lo que le vino en gana. Pero ella siempre supo frenar el ímpetu de caballo viejo desbocado. Luego de tanto trajín, el reloj había marcado hora del retiro, necesitaba tomarse un descanso de la política. Así le dijo una noche en la cama antes de besarlo y darle las buenas noches. Terminando por convencerlo que debían abandonar el país, mudarse a Francia.

Ella fue quien estuvo a su lado para consolarlo la madrugada del 27 de octubre de 1889, día en que recibió un mensaje telegráfico que le aguó los ojos. Uno que, por fin, después de tantos años, mostró el perfil más endeble de su carácter. Las noticias llegadas de Caracas informaban que una manifestación estudiantil acababa de echar por tierra su estatua ecuestre frente a la universidad y la pedestre que adornaba la cima del Calvario.

Le sirvió una copa de armañac, encargó le cocinaran su plato favorito de desayuno, lo acompañó a comer en silencio, mandó a hervir un té y lo dejó en paz por un rato, para que disfrutase de su soledad, hasta que se le pasara la rabieta.

Esa noche, antes de acostarse, tomó sus manos, lo miró a los ojos y brindó uno de sus clásicos guiños. Esa sonrisa pícara que servía de preludio a palabras amorosas que apaciguaban su alma. Supo bien aclararle que la caída de sus muñecos no significaba nada. El recuerdo de su labor jamás sería olvidado.

Ella nunca le perdonó el pecado que significó hallar aquel cofrecito en la gaveta de su escritorio. El episodio dejó en su corazón una herida que jamás logró sanar, por más que Antonio intentó coser las cortadas con hilos dorados. Sin embargo, Ana Teresa y Antonio cumplieron el voto de “hasta que la muerte los separe”, evento que finalmente sucedió el 28 de julio de 1899, tarde en la cual, contemplando el arrebol a través de la ventana de su habitación en su morada en la 25, Rue La Pérouse, el “Ilustre Americano” expiró su último aliento para marcharse de este mundo.

Ana Teresa vivió un total de treinta y dos años siendo su mujer, y catorce más como su viuda. El 5 de mayo de 1913, a la edad de sesenta y siete años, luego de una larga y dolorosa enfermedad, la esposa del general Guzmán Blanco se unió a su marido en el cementerio parisino de Passy.



Jimeno José Hernández Droulers

Imagen de portada: Realizada a partir de imágenes documentales.
Imágenes documentales
– Retrato del General Antonio Guzmán Blanco con el uniforme de la Campaña Federal, 1856 / Tarjeta de visita Lessmann y Laue ©ArchivoFotografíaUrbana
– Retrato del General Antonio Guzmán Blanco, 1866 / Tarjeta de visita de Mayer & Pierson Phot ©ArchivoFotografíaUrbana
En Retratos, hitos y bastidores: Tarjetas de Guzmán Blanco, por Arturo Almandoz Marte https://fotourbana.org/arturo-almandoz-marte/retratos-hitos-y-bastidores-tarjetas-de-guzman-blanco/

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4 comentarios en «Ana Teresa y Antonio»

  1. Muy bueno Jimeno, de grata lectura y con un diseño gráfico adecuado al contenido.
    Me alegra mucho ver como cada día mejoras la punta de tu pluma, hay unas frases que realmente me encantaron. Te felicito.

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  2. Omití sin querer extender mis felicitaciones a Contexturas, por el trabajo impecable que representa llevar a adelante este blog tan agradable y de buen gusto.

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  3. Siempre presento mis respetos a los cronistas : sus líneas son el resultado de minuciosas y certeras investigaciones..asi como ese trabajito de hilar y entramar datos que es una filigrana que no muchos atinan…
    Si ademas , el contar una historia, ( que está ceñida a la realidad ) , va pincelada con buenas líneas, buenas imágenes, pues voilá ! leerla es un acto de placer.
    Muchas gracias !
    Me gustó.

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