Cuentos para no morir de realidad – I

Cansada de fregar platos de 6:00 a.m. hasta las noches donde el sol asoma su rostro para confirmar que el tiempo es una noción contraída por las esclavitudes auto-impuestas, Gertrudis decidió pactar con su imaginación y fundar una ecología de las cosas cotidianas, para librarse de la resonancia infame de las pompas de jabón, destiñendo el sentido de la vida que tantas veces soñó desde el vientre de una ballena cósmica que recorre los ductos de agua de la ciudad, libre-mente: “No fregaré más con agua y jabón. De ahora en adelante imitaré el silbo de las alondras y su belleza será suficiente para arrancar la grasa de los platos, de las ollas, del tedio amadecasista que limita la expansión del deseo”.

Y así hizo, después de cada comida su garganta se transformaba en una alondra inclemente, penetrando la profundidad del sucio aceitoso con suave melodía de paraísos alados. Era imposible para la grasa de los platos y ollas resistirse a la belleza sonora de una garganta que vence la rutina silbando vuelos imposibles hacia regiones equinocciales. El lento desmayar del amarillo grasiento se transformó en una caricia que desveló el escondido rostro de la felicidad en la vajilla, y la densa calma de las ollas, maestras del sopor y el hervir que maceran el lívido brillar del latón, hizo gemir su piel llena de silbos.

Gertrudis volaba feliz por cada espacio de la casa, ligera de deberes, en el canto inocente de alondras amaestradas para vencer la rutina. “Toca planchar la ropa de los niños, ah, que tarea tan infame. Haré de mis silbos un calor místico capaz de alisar las arrugas, enmendar los pliegues corrugados, plisar los filos por donde camina descalza la alegría y así me libraré del insomne vapor de la plancha, terca en su oficio de marchitar los poros de la libertad”. Y así sucedió. Mientras Gertrudis cantaba, las mangas de las camisas obedecían al sublime canto de su lengua inmemorial. Se estiraban, como una danza de bostezos y algodón, para no romper las historias que el sudor maceró en su canto irreductible. Lo mismo hicieron los cuellos, bolsillos, las botas de los pantalones, y juntos formaron un coro arcangélico que Dios envidió por un segundo, al poseer tan extraordinaria flotación de aromas imprevistos.

“Qué maravilla. Sólo queda ordenar la casa. Eso de barrer y echar agua al suelo, se me torna aburrido. Silbaré una vez más, para que los implementos de limpieza obedezcan el vibrátil sonido de mi garganta enjoyada”. Y la escoba giró vehementemente por el suelo de la casa, levantando el polvo y transformándolo en una alegría insurrecta, que ni el agua lustral que cayó al suelo la pudo callar. La casa estaba colmada por un brillo indecible que bastaba sentir para ser liberado de la angustia, el dolor, del tiempo crucificado en deberes que soslayan la dignidad.

Y en el culmen del esplendor pulcro que reinaba en la casa, el esposo de Gertrudis atravesó el umbral y resbaló, cayendo sin tocar el suelo. Las emanaciones de la pulcritud salvaron su cuerpo de un contundente golpe que no tenía lugar ante semejante atmósfera de limpieza expandida. Sin embargo, preso del temor al verse volando, empezó a proferir insultos a su esposa. Pero Gertrudis no se dejó amilanar por la estridencia de la rabia cotidiana, tantas veces escuchada sin chistar a la hora del almuerzo, la cena, durante las noches de negadas caricias donde su océano de deseo se transformó en espinas.

Y una vez más silbó, silbó in crescendo, hasta que su cuerpo estalló y se transformó en la nada vigilante que habita todo lo creado y desde donde envolvió el cuerpo de sus hijos, con profundos cantos de alondras invisibles, para enseñarles la voz de la libertad y hacerlos desaparecer en ella, esa otra forma de la nada que nos contempla, esperando vernos libres del peso de la tiranía, al menos imaginando.



Yorgenis Ramírez Martínez

Imágenes de Marcelo Barros Sandoval

Compartir:

2 comentarios en «Cuentos para no morir de realidad – I»

  1. ” las noches de negadas caricias donde su océano de deseo se transformó en espinas ”
    impresionante la fuerza telúrica femenina en esa cotidianidad de un ama de casa rebosante en metáforas de toda índole…
    Me parece un texto ultrasonoro, cósmico, casi cuatridimensional, y a la vez desgarrador y liberador, un mix bien interesante, me gustó…
    Aunque un ser alado como Gertrudis merecía persistir en la eternidad..y el que debió haber estallado era el marido…
    Felicitaciones !

    Responder

Deja un comentario