Angelitos negros en La Guaira

Cuando saliste del pueblo, sonaba en la radio Píntame angelitos negros, de Antonio Machín. Estaba muy oscuro y, por el sueño que todavía me invadía, me costó imaginar angelitos negros en el cielo porque nunca antes había visto personas con piel de ébano en nuestra comarca. Era una noche fría de luna llena y mi abuela, como solía hacer en ocasiones especiales, nos había preparado chocolate caliente, pan recién horneado con queso de cabra y mermelada de higos. Sin hambre, desayunamos en un silencio que cortaba el aire. Había una tensión triste en el ambiente gélido del viejo comedor donde tú y yo habíamos crecido bajo su ala protectora. Nuestra madre había muerto de fiebres siendo yo muy niño y nuestro padre había naufragado en una barcaza clandestina cruzando el Atlántico.

Al terminar el desayuno, de manera casi mecánica mi abuela recogió la mesa y la limpió con esmero. Entre suspiros y sollozos, fregaba y con su delantal negro secaba cada taza, cada plato, cada cubierto y los ponía en su lugar. Sobre la mesa ya tenía dispuesta la vianda que te había preparado para el largo viaje: tres hogazas de pan fresco, dos tarros de mermelada de higo, tres raciones de gofio y, en un frasco de vidrio, meticulosamente sellado, tu comida preferida: su potaje de alubias blancas y tocino aderezado con las verduras frescas de nuestro improvisado huerto casero. La cocina estaba ya en orden, pero no su corazón agitado. Colgó su delantal negro, alisó su cabello y, sobre la mesa todavía, acarició con ternura la vianda de comida que te había preparado; sacó de su bolsillo su rosario de nácar rosado ‒su preferido‒ y a hurtadillas lo metió dentro de esa bolsa de viaje. En su corazón sentía que, tal vez, sería la última comida que te preparaba, pero era una moneda al aire y nadie lo sabía.

Tú estabas nervioso, pero tu alegría juvenil mitigaba la aventura que en breve iniciabas. Emocionado y ansioso, ya estabas en la puerta esperándonos. Llevabas puesta la gastada muda de ropa que papá había dejado en su armario: su chaqueta café, su camisa blanca, su pantalón de gabardina oscura que usaba para la misa y unos zapatos negros de balatá lustrados por ti con esmero. Todo te iba bien, pero en tu cuerpo adolescente se notaba la holgura de la ropa heredada. En tu mano derecha asías, con seguridad, tu maleta pequeña con las pocas pertenencias que tenías. Tu atuendo de viajero lo coronaba la gorra gris que mi abuela te había cosido ‒entre sollozos silenciosos‒ con retazos de ropa vieja.

Cuando mi abuela te vio parado en el portal, su corazón se paralizó por un segundo. Su memoria revivió el instante en que había despedido, unos años atrás, a su único hijo, nuestro padre, otra madrugada fría justo en ese mismo portal. No dijo palabra, pero su corazón estaba agitado de emociones encontradas. Temía, pero te miró con ternura, te abrazó y te besó en las mejillas ya sin llanto. Sostenía en su mano tu vianda de comida donde, secretamente, había escondido su rosario de nácar para ti. Yo los miraba a los dos sin saber muy bien qué pasaba. Ya a punto de salir, mi abuela se persignó tres veces y estrechó en su bolsillo el crucifijo que mi papá le había regalado esa madrugada. Con seguridad y dominio, abrió la puerta, salimos, cerró, guardó la llave, me tomó de la mano y caminamos los tres en silencio rumbo al pequeño puerto escondido donde nos esperaban.

Era octubre y había luna llena. Durante el trayecto que hicimos caminando, mi abuela se preguntaba con voz de angustia si esa barcaza sería más segura; si habría comida suficiente para todos y si el agua alcanzaba para el largo viaje trasatlántico. En tus 16, eras un mozalbete desgarbado, pero te llevaba del brazo como a un niño y tú te dejabas llevar. Mi abuela tenía el miedo de no verte más y yo también, pero no lo sabía. En nuestro pueblo no había vida ni futuro para mozalbetes como tú, todos se habían ido y todos se irían también. Ahora, te tocaba a ti. Pese al trauma que había sembrado el naufragio, con gallardía emocional mi abuela volvió a invertir sus menguados recursos en ese pasaje pagadero en cuotas que significaba un mejor futuro para ti. Esa madrugada, ya casi para embarcarte, sus dudas y temores crecieron, pero ya era decisión tu destino y el nuestro también.

El riesgo era la única salida. Desde la desaparición de nuestro padre, el alma de mi abuela se tiñó de una profunda tristeza y un luto eterno. Más empobrecida, menos esperanzada y con dos niños pequeños para alimentar, necesitó sobrevivir. El huerto surgió como una necesidad económica apremiante; empezó con desperdicios de tallos y semillas y, meses después, ya intercambiaba sus hortalizas por gofio y leche recién ordeñada para los tres. Así pasaron algunos años y logramos sortear la ola de la desgracia familiar. La costura y la siembra de hortalizas compensaron la sobrevivencia, pero su pena interior competía con su cansancio de años. Con pocas esperanzas, se fue debilitando. La ausencia de nuestro padre tatuó una sombra de luto en su alma, una pena de madre. Ahora, tu partida revivía sus memorias y volvía a paralizársele el corazón.

Los barcos clandestinos o barcos fantasmas que cruzaban el Atlántico, también preparaban sus viajes con mucha antelación. Pero había muchos factores que impedían sus salidas secretas. Las mareas y condiciones del tiempo eran la primera causa, seguida de la cantidad de pasajeros requerida y, por supuesto, que no fueran develados y descubiertos por la Guardia Civil. Por previsión, contrariamente a los barcos regulados, al pasajero de los barcos fantasmas se le avisaba un día antes, incluso, horas. Con apuros y a escondidas, las barcazas clandestinas partían entre brumas antes del amanecer. Esa madrugada fría te vimos partir con las herencias gastadas de nuestro padre y las memorias de mi abuela cosidas con llanto en tu gorra gris de retazos. Sería la última vez que mi abuela y yo te veríamos.

Al mes y medio recibimos tu primera carta. Mi abuela dio una plegaria al cielo y volvió a sonreír. Recuerdo que encendió su transistor y yo volví a escuchar las canciones de Antonio Machín y sus angelitos negros. Un día la escuché recitar el poema y le pregunté cómo era un angelito negro y ella me habló de un lugar lejano, muy lejano, donde vivían muchos niños del color de su delantal tan chiquitos como yo. Esa fue la primera vez que escuché el nombre de La Guaira y Venezuela y entendí que era allí donde vivías.

Cuando pudiste, empezaste a escribirnos regularmente. Le mandaste a mi abuela muchas cartas con fotos. Recuerdo su emocionalidad cuando sabía de ti por esas misivas certificadas que nos dejaba Manuel, el cartero del pueblo. Las recibía con regocijo inusitado; primero las palpaba al oído y, seguidamente, abría el sobre y se sentaba a leerlas en su taburete de la cocina. Siempre, siempre lloraba y las estrujaba tiernamente contra su pecho de luto eterno, ahora sonreído.

Tus cartas traían esperanzas, se sentía en nuestro viejo comedor. Después de leerlas varias veces, mi abuela suspiraba, daba una plegaria al cielo, apretaba su crucifijo en el bolsillo, colgaba su delantal negro y me vestía para salir. Recuerdo esas salidas: eran una fiesta para mí porque algunas fueron antesalas a nuestras navidades. Las recuerdo vivamente porque mi abuela me compraba un helado de paleta de chocolate. Primero, íbamos a una oficina que luego supe se llamaba Caja General de Ahorro. Luego, caminábamos hacia dos sitios: una papelería donde mi abuela compraba dos bolígrafos ‒uno azul y otro negro‒ y separadores de cartón y, más adelante, a la tienda de abarrotes donde siempre elegía dos o tres cajas de cerillos de diferentes imágenes, un turrón blanco blando y el Licor 43 para las visitas de navidad. Justo al lado de la tienda de abarrotes, estaba la heladería donde mi abuela me compraba mi ansiada paleta de chocolate. Más tarde supe que esa paleta de helado y mi regalo de navidad, los tuve gracias a ti y al cheque de tu trabajo en La Guaira, Venezuela, dinero puntual que le llegaba a mi abuela en tu misiva junto a tus preciadas fotos.

En el antiguo arcón nogal de su habitación, mi abuela resguardaba sus memorias y vivencias. Herencia de su abuela, en su interior atesoraba tus cartas, tus fotos, los pagos puntuales del crédito de tu pasaje y todos los recibos de la Caja General de Ahorro donde había cambiado cada cheque que le mandaste. Mirar sus papeles guardados le daba liviandad a su pena de madre y ausencia de abuela. Recostados los dos junto al arcón de nogal, más de una vez te imaginamos en ese lugar lejano llamado La Guaira donde vivías y tu cercanía a los angelitos negros.

Cuando finalmente pude recuperar nuestro arcón familiar, pude visualizar mejor nuestra historia familiar conectada. En cada hoja y en cada paquete de papeles que abrí, pude sentir y revivir sus intuiciones y sus aciertos de futuro que nos permitieron a ti y a mí vivir un poco mejor. En cada reverso de foto que mandaste, anotó en tinta azul o negra un tierno comentario de la emoción que le inspiraba la fotografía que le habías mandado. Y cada carta la dividía un separador de cartón que, meticulosamente, la ordenada por la fecha de llegada y la hora en que Manuel, el cartero, se la había entregado. Mensajes del alma, todas las cartas y todas las fotos tuvieron una anotación. Emocionado, lloré cuando vi su calendario de cajas de cerillos con notas de eventos especiales: nuestras salidas, mi paleta de chocolate, sus compras. Estos tesoros del antiguo arcón de nogal fueron mi herencia y me permitieron volver a ti, a nuestra abuela y revivir sus sabias intuiciones. Ahora, las escribo desde mis memorias y vivencias y rememoro ese origen compartido de la casa y la impronta que dejó en mí nuestra historia familiar.



Imagen de portada: El Elvira, fotografía de archivo familiar
Imágenes de ilustración: fotografías de archivo familiar e imágenes documentales. 

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