El Cementerio de los hijos de Dios

“Yertos despojos, ya nuestros ojos no te verán”
Epitafio muy común en el Cementerio Central de Montevideo

Los cementerios antiguos son fascinantes. Suelen ser espacios poco frecuentados, llenos de tumbas más o menos vistosas y decoradas, por lo que pasearse por la paz de sus avenidas es un grato ejercicio que permite reflexionar sobre lo efímero de la vida y el final que a todos nos espera, tarde o temprano.

Caracas ha tenido varios camposantos. Hubo uno cuya historia fue breve, pero resume bien la suerte que casi siempre corre nuestra ciudad, apaleada por el desdén de quienes deberían planificarla y cuidarla, a veces sin entender el valor de los monumentos que les correspondería atender mejor.

Muy cerca de La Pastora, al norte de la Caracas colonial, subiendo por la Sabana del Blanco ‒en la actualidad a mano izquierda de la Av. Baralt, si la tomamos yendo hacia el norte‒ se erigió por poco menos de cien años el Cementerio de los Hijos de Dios.

La ceremonia de inauguración y bendición ocurrió el primero de noviembre de 1856, en presencia de su diseñador, Ingeniero Olegario Meneses, y del Arzobispo de Caracas, entre otras autoridades. Se planteó albergar en él los muertos por la epidemia de peste bubónica que azotaba la depauperada ciudad y que estaban siendo enterrados precariamente en la zona.

Nos cuenta Carmen Clemente Travieso, en un excelente artículo publicado en El Heraldo el 30 de abril de 1948 (1), que el cementerio tuvo entre sus inquilinos a ilustres caraqueños como: el General José de Austria, el escritor y periodista Juan Vicente González, Antonio Muñoz Tébar, Francisco Riera Aguinagalde, el General Miguel Arismendi, el Doctor Tomás Aguerrevere, el Doctor Manuel Cala y Pedro Villapol, ‒próceres de la independencia‒ y el General Esteban Herrera Toro, junto con parte de las familias del Marqués del Toro y del ya mencionado Juan Vicente González.

Como los camposantos que aún pueden verse en algunas poblaciones del país, a Los Hijos de Dios lo rodeaba un muro encalado, con su gran entrada en arco cerrada por una pesada reja. En las fotos que se consiguen se aprecia cómo las paredes perimetrales servían de soporte a nichos y columbarios. Podía verse además algunas tumbas en mal estado, acompañadas por árboles de aspecto poéticamente lúgubre.

Decíamos que el cementerio tuvo corta vida, pues en 1877 sería cerrado y sustituido por el monumental Cementerio General del Sur, ubicado en las afueras de la ciudad, al final de una majestuosa avenida de acceso. El nuevo cementerio se inauguraba como parte de los planes de Antonio Guzmán Blanco de hacer de Caracas una metrópoli a la usanza europea.

Los Hijos de Dios sería rehabilitado por espacio de dos años durante la presidencia de Francisco Linares Alcántara (1877 – 1878). No sabemos si su reapertura se debió a razones de alguna emergencia sanitaria, o por el simple placer de llevarle la contraria al Ilustre Americano, ya que ambos generales chocaban en muchas ocasiones.

Luego de esos dos años, el no tan viejo pero ya fuera de moda cementerio comenzaría su decadencia, para quedar sumido en un estado lamentable de deterioro.

Hermoso y apacible, pero en ruinas, fue inspiración para pintores y fotógrafos, quienes seducidos por esa especial fascinación que los detalles luctuosos generaban a finales del Siglo XIX y comienzos del XX, dejaron constancia de su aspecto en pinturas y fotografías, como las descritas más arriba, que aún pueden conseguirse hoy en día con relativa facilidad por Internet.

Cuenta mi mamá que mi abuela la llevó en la década de los cuarenta hasta el viejo cementerio, porque les quedaba cerca de la casa del bisabuelo. Tendría ella unos ocho años, y entre las tumbas profanadas y en mal estado pudo ver a una dama ataviada en su sudario, con una impresionantemente larga cabellera que le flanqueaba su cráneo ya sin piel ni ojos.

Me contó mi mamá esta anécdota sin mayores traumas. Me dijo que no se impresionó más de la cuenta y que tampoco le produjo pesadillas. Recuerda también a Los Hijos de Dios como un lugar hermoso pero en muy mal estado. Sin duda, su visita en esa época le dejó una interesante impresión, ya que la recuerda vívidamente a sus ochenta y dos años.

Pero a la ciudad le esperaba una nueva ola modernizadora a mediados del Siglo XX, la cual se aceleraría en tiempos de otro General, Marcos Pérez Jiménez, y que terminaría dando cuenta de más edificaciones y monumentos de tiempos anteriores, posiblemente considerados poco dignos por su sencillez.

Caracas sería entonces cruzada a velocidades vertiginosas por autopistas y poblada por construcciones enormes. En ese momento, a principios de la década de los cincuenta, el Cementerio de los Hijos de Dios sería definitivamente derrumbado para dar espacio a un nuevo desarrollo de viviendas.

Paralelamente, y en eventual precognición a la ola migratoria que hoy nos asola, las tradicionales barriadas caraqueñas se iban vaciando de muchos de sus habitantes, quienes abandonaban sus casas coloniales de zaguanes y ventanas con poyos, para cambiarlas por espaciosas quintas en las novísimas urbanizaciones de Caracas.

Aunque ya existía El Paraíso como urbanización moderna, la gente apostó por los suburbios del este de la ciudad, sustituyendo antiguas haciendas, que mutaron sus siembras por desarrollos urbanos.

Dicen que mover un cementerio no es tarea sencilla. En 1951 se le pidió a los deudos que aún tenían parientes en Los Hijos de Dios, que reubicaran a sus muertos. Aquellos otros cadáveres que se hubieran quedado sin descendencia viva serían dispuestos en osarios. El más famoso de ellos, conocido como La Peste, existía ya durante la epidemia de gripe española de 1918 en el Cementerio General del Sur.

Muchas voces se alzaron en contra de derrumbar aquel camposanto, supongo que en parte por motivos religiosos, quizá por cábala, quizá por el lógico deseo de no borrar permanentemente un hito de la memoria urbana de la ciudad.

Una de estas voces fue el artículo ya citado de Carmen Clemente Travieso, aunque como hemos visto es de fecha anterior a los acontecimientos, que demuestra que en los planes de reestructuración urbana de la ciudad trazados a finales de los años 40 ya se pensaba la sustitución del cementerio por un desarrollo habitacional.

Clemente Travieso da argumentos lógicos, como por ejemplo que, habiendo en aquella época tanto terreno disponible y sin construcciones en la creciente ciudad, bien pudiera haberse conservado el cementerio como testigo de la historia. Pero ya decíamos que lo antiguo nunca ha tenido muchos fanáticos en nuestro país.

Sobre el espacio en el que estuvo el cementerio, se alza ahora un conjunto de edificaciones obreras. Quienes los han visitado, dicen que la vista de la ciudad desde sus amplias terrazas es envidiable. Los bloques tienen el lógico nombre de “Los Hijos de Dios” y seguramente sus habitantes podrán tener alguna historia singular qué contar.



Manuel Pulido Azpúrua

Nota del autor:
1 “El cementerio de Los Hijos de Dios y su carga de muertos ilustres”, según puede verse en http://saber.ucab.edu.ve/bitstream/handle/123456789/7379/cct004619480430.pdf?sequence=3, visitado por última vez el 12/07/2020

Otras fuentes consultadas por el autor:
http://mariafsigillo.blogspot.com/2013/11/el-cementerio-de-los-hijos-de-dios.html?m=1, visitado por última vez el 12/07/2020.
https://aminoapps.com/c/paranormalaminoiq/page/blog/el-antiguo-cementerio-de-los-hijos-de-dios-y-sus-leyendas/Z6Bg_k7KSBuE8ED4vKmZBVMoeG1QjQrWbl, visitado por última vez el 12/07/2020
https://fundaayc.wordpress.com/2018/02/09/1951%E2%80%A2-desaparece-el-cementerio-de-los-hijos-de-dios/, visitado por última vez el 12/07/2020.
https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/dhv/entradas/e/epidemias/, visitado por última vez el 12/07/2020.

Imagen de portada: Vista del Cementerio de los Hijos de Dios, fotografía de autor desconocido.
1 Fotografía de Alfredo Boulton, “El Cementerio de los Hijos de Dios” (1934), Archivo Fotografía Urbana / Alberto Vollmer Foundation
Diversas vistas del Cementerio de los Hijos de Dios, fotografías de autores desconocidos.
Manuel Cabré (1891 – 1983), “El Ávila visto desde el Cementerio de los hijos de Dios” (1918), Colección FMN-GAN.
Nicolás Ferdinandov (1886 – 1925), “Amanecer en el Cementerio de los hijos de Dios” (1919), Colección FMN-GAN.
Fotografía de la construcción del Conjunto Residencial 2 de diciembre, autor desconocido / Fotografía de la  Autopista Francisco Fajardo (1960), autor desconocido.
Fotografía de los bloques Los Hijos de Dios, autor desconocido.

28 comentarios en «El Cementerio de los hijos de Dios»

  1. Muchas gracias Manuel, por este artículo tan hermosamente escrito, recordándonos en forma muy amena sobre un asoecto de la historia de nuestra querida Caracas. ¡Felicitaciones!

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    • Muchas Gracias a ti por leerlo, BJ. Sin duda que la Abuela Olga nos pasó el gusto por la historia y los cuentos sabrosos. Ella protagoniza esta historia junto con Mamá.

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  2. Gracias por este regalo Manuel. Hermosa crónica de nuestra ciudad. Me hubiera gustado preguntar a mis abuelos si lo llegaron a conocer. Un abrazo!

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    • Seguro que si lo conocieron, Mamel. A lo mejor te hubieran contestado algo así como “¡Claro que si!, como cuando nuestros hijos nos preguntan, por ejemplo, cómo funciona un teléfono de disco.

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  3. Como usted lo hace notar en algunas de las ilustraciones, el pintor Nicolás Ferdinandov utilizó lo que él llegó a conocer del camposanto al cual hace referencia como tema de varias de sus óleos que más aprecio. Él tuvo la suerte de encontrarlo cuando había dejado de ser el cementerio del Norte de Caracas lo cual, como lo revelan no sólo esas pinturas llenas de colorido, sino tantas fotografías, entre otras las del lente de Alfredo Boulton, cilausura oficial que le cedió a la ciudad tan precioso escenario urbano exterminado para darle cabida a un urbanismo residencial. Usted lo registra en su espléndida crónica cuya difusión me permitiré por bien informada y escrita . Gracias. Alfredo Schael

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