Modernidad al Sur

La historia de una ciudad puede ser contada a partir de sus monumentos públicos, los desaparecidos y los que perduran. En el caso caraqueño, el patrimonio urbano es omnipresente y valioso, pero desconocido y hasta menospreciado por la mayoría; nuestra relación con él es similar al que tenemos con ciertos adornos que recogen polvo en nuestras casas: somos conscientes de ellos cuando se quiebran, o simplemente desaparecen sin que lo notemos. Plazas olvidadas detrás del caos vehicular, edificios que se enrejan y amurallan para protegerlos de una calle que debiera ser su extensión natural, fachadas alteradas, parques que son apenas islotes de maleza, esperpentos que decoran autopistas; la capital modela en buena medida lo que sucede más allá de Tazón, al Occidente, y la Troncal 9, al Oriente; porque el gusto por embellecer las ciudades, a veces con tino maravilloso aunque en general sin el menor índice de raciocinio, es un ánimo que recorre el país entero.

Pero el motivo de este texto no es inventariar ni cualificar esas joyas esparcidas por la ciudad, sino provocar nuestra memoria espacial antes de emprender un recorrido que nos lleve a una isla de este archipiélago urbano, desapercibido e ignorado. Como metrópolis, Caracas hace rato no cabe en su centro y se expande en todas las direcciones posibles; uno de esos ensanches ocurrió hace poco más de sesenta años, sobre una hacienda ubicada en el suroeste de la capital. En unos terrenos antiguamente fértiles, de los que dio cuenta el pintor ruso Nicolás Ferdinandov, se erigió un sueño moderno dedicado al juego, y por qué no decirlo, a la ostentación; un espacio que resume la historia de una nación privilegiada por la abundancia petrolera, hoy en entredicho, dando origen a uno de los espacios del circuito museístico capitalino que mejor se preserva, a pesar de las circunstancias.

 

Un poco de historia

A mediados de 1952 Marcos Pérez Jiménez hace una gran apuesta en su plan de modernizar la infraestructura urbana de la capital. Esta vez el General dedica su empeño, y una cantidad considerable de recursos, a la construcción de una nueva sede para el universo hípico. La inclinación del poder por los caballos no era un asunto reciente, el deporte de los reyes ya era muy apreciado por las élites capitalinas a finales del siglo XIX; en 1895 se crea el Jockey Club de Venezuela y un año después abre sus puertas el primer hipódromo caraqueño en Las Delicias de Sabana Grande, el cual funcionó en los terrenos que van desde la actual Clínica Santiago León de Caracas, hasta la avenida Francisco Solano López.

Para ilustrar la importancia de ese primer recinto valga esta anécdota: en 1896, en el recién inaugurado hipódromo, se corrió un premio para equinos criollos; la recompensa al ganador fue un cuadro sport pintado y entregado por el mismísimo Arturo Michelena; gran aficionado a las carreras hípicas y dueño de algunos caballos. El mismo año que culmina su emblemático Miranda en La Carraca, Michelena realiza una serie de escenas ecuestres como Hipódromo de Sabana Grande, colección Galería de Arte Nacional y un retrato titulado Borinquen, perteneciente al Instituto Nacional de Hipódromos. La sencillez e intimidad de estos cuadros revela la relación del pintor con el hipismo y son valiosos documentos visuales de la época.

La historia de ese primer hipódromo es corta y francamente accidentada; debido a las continuas crisis políticas su actividad decae rápidamente, hasta que en 1908 es desmantelado y sus graderías se trasladan, junto a las columnas rescatadas del antiguo Mercado de San Jacinto, a un terreno ubicado al suroeste de Caracas donde se inaugura el segundo centro hípico: el Hipódromo Nacional de El Paraíso, que funcionará hasta 1958. Durante las primeras cinco décadas del siglo XX, a la par de las múltiples transformaciones que experimenta el país entre el caudillismo de Juan Vicente Gómez, el primer ensayo democrático pluralista y la dictadura positivista y militar de Marcos Pérez Jiménez, el gusto por la cría y las carreras de caballos gana prestigio y aficionados. Tanto que un hombre como el General Gómez percibe la utilidad política de la misma y da impulso a su práctica e introduce mejoras en el nuevo hipódromo, remodelando y ampliando sus instalaciones entre 1931 y 1932. De este conjunto se conserva parte de la estructura del Pabellón, edificio destinado a la realización de banquetes y eventos sociales, que ahora sirve de sede al liceo Edoardo Crema, cercano al Instituto Pedagógico de Caracas.

Pero Gómez no es un mero benefactor público, su participación en la hípica responde a un interés personal. Las carreras son un espacio para el encuentro social, útil a la puesta en escena de las sutiles maniobras del poder. En El Mamoncito, haras de su propiedad ubicado en Maracay, el tirano se dedica a la cría de caballos que competirán en Caracas. Ahí nace Burlesco, el primer purasangre criollo y progenitor de una estirpe que cambió la historia del hipismo local. Tras la muerte de Gómez la familia huye al exilio y el famoso caballo pasa a manos del General Eleazar López Contreras, y luego, a Enrique Lander Alvarado. Este último estuvo involucrado desde muy joven en las carreras –su padre era miembro de la administración del Jockey Club fundador de El Paraíso– y fue dueño del haras La Rinconada, en la hacienda del mismo nombre; terrenos que durante el mandato de Marcos Pérez Jiménez serán adquiridos por el Estado venezolano para construir La Rinconada pero que, avatares de la historia, inaugurará Rómulo Betancourt el 5 de julio de 1959. Al padrote, y me refiero a Burlesco, se consagra una estatua ubicada aun en el acceso a La Rinconada, encargada en 1981 a un escultor francés llamado Jean Chenaf.

La Rinconada se convierte, sin querer, en un registro de la modernidad venezolana; concebido en tiempos de auge, vivió el esplendor de la Venezuela fastuosa y optimista, y luego el declive económico y ético que llevó hasta las fracturas que hoy padece el país. Pero, aparte de ser el cierre dramático de una épica que narra la histórica relación entre hípica y política, este colosal edificio revela el papel que ha jugado esta actividad en la conformación de un importante acervo patrimonial, acercándonos a la historia de Caracas, al arte y la arquitectura locales. A pesar de las intervenciones y el deterioro que ha sufrido su infraestructura original, la zona contiene estatuaria, murales y esculturas públicas; una significativa colección de obras de arte; amén de edificios de uso recreativo, deportivo y cultural que tienen por sí mismos valor patrimonial: el Hipódromo Nacional La Rinconada, el Poliedro de Caracas y el Museo Alejandro Otero.

De estos edificios, quizás el más significativo desde el punto de vista arquitectónico sea el hipódromo, arena que deslumbra por sus instalaciones ultramodernas; con todas las comodidades posibles en su momento para garantizar confort y lujo a quienes disfrutaban de este esparcimiento. Sus espacios amplios y diáfanos, los techos voladizos hasta el vértigo, son elementos capaces de producir en el visitante una experiencia estética envolvente. Pero, no es sólo un edificio, es la síntesis de la exaltación del ocio tal como se entendía a mediados del siglo XX, consecuencia del progreso y bienestar económico que el petróleo generaba y prueba palpable de que el país había accedido a la modernidad, al futuro.

Desde el momento en que se proyectó la sede de La Rinconada su autor, el arquitecto norteamericano Arthur Froehlich (1909 -1985), contempló la incorporación de elementos artísticos dentro del complejo arquitectónico. La confluencia de relieves, murales y jardines, en diálogo con la desbordante plasticidad de la estructura arquitectónica, evidencia que en el nuevo Hipódromo se produjo un proceso de síntesis de las artes similar, aunque en una escala más modesta, a la experiencia que desarrolla Carlos Raúl Villanueva en la Ciudad Universitaria de Caracas.

Así, encontramos en el espacio vacío del foyer, bajo las tribunas, tres murales del italiano Giuseppe Pizzo, (Cuneo, Italia, 1912), premio de escultura en el IX Salón Oficial de Arte venezolano en 1948. En ellos se aprecia una escena hípica llena de dinamismo en la que caballos, jinetes y espectadores se entremezclan en una avasallante composición. También en la fachada sur descubrimos dos amplios muros flotantes recubiertos de mosaico vitrificado, donde se adivinan las figuras de los animales galopantes, probablemente diseño de Froehlich. Hay que hacer un ejercicio imaginativo para recrear los jardines, hoy lamentablemente desaparecidos, que bordeaban las fuentes ubicadas en la cara sur del conjunto y el área central de la pista, diseñados por el reconocido arquitecto paisajista brasilero Roberto Burle Marx (1909-1994)*Tábora y Stoddart**, responsable del paisajismo original del Parque del Este.

En un espacio con estas características, es natural que el Instituto Nacional de Hipódromos haya decidido reunir imágenes que recrean la historia de la actividad hípica y por esa vía se involucre en el mundo del arte. ¿Cómo ocurre? Posiblemente el primer acercamiento fue recopilando imágenes que dan cuenta de este deporte. Una memoria que se puede reconstruir adquiriendo documentos visuales como el Retrato ecuestre de Carlos Corao, 1911, de Antonio Herrera Toro; o Borinquen, 1896, de Arturo Michelena, dos artistas capitales del arte nacional, en el cruce entre los siglos XIX y XX. Esta consideración explica por qué se decide ampliar la representación de autores venezolanos y foráneos en el patrimonio del Instituto, considerando tanto la temática de las obras, como su valor estético.

Llegado un punto, surge la idea de ampliar los servicios que prestaba el Instituto y se decide la construcción de un centro cultural: el Museo de Arte la Rinconada,  inaugurado en 1983;  ahí se exhibirá lo que para entonces ya es una colección con un perfil definido: pintura y artes gráficas producidas por artistas venezolanos desde 1959; también se exponen de manera permanente dos importantes piezas arqueológicas conocidas como los petroglifos de Las Mayas, hasta ahora los únicos ubicados en el área metropolitana de Caracas; además algunas pinturas datadas entre finales del siglo XIX y 1959, fotografías y un pequeño grupo de esculturas. En los siguientes años, a las imágenes caballares se agregaran paisajes, retratos y naturalezas muertas; también abstracciones e indagaciones cinéticas. Con ellas se inicia un índice parcial pero representativo del arte producido en el país hasta 1990, brindándole a una población alejada de los museos tradicionales ubicados hacia el centro de la ciudad, la oportunidad de familiarizarse con el arte y sus autores.

En mayo de ese año, un Decreto Presidencial asigna a la antigua Comisión Nacional de Cultura (CONAC) la tutela del edificio y los bienes que acoge y es renombrado Fundación Museo de Artes Visuales La Rinconada. Poco después, el 13 de agosto fallece el artista Alejandro Otero y como homenaje se le da su nombre al Museo. Lo que ocurre en las siguientes tres décadas es otra historia, larga y fascinante, que da cuenta de muchas otras aventuras y desventuras que ha enfrentado la Nación, así como el impacto que han tenido en la ciudad y en nuestra relación con el patrimonio que alberga.



Richard Aranguren Acosta

Imagen de portada: Fotografía de Edgar Martínez, 2017.
Fotografías del Museo Alejandro Otero: Luis Chacín Ruiz

Pinturas pertenecientes a la Galería de Arte Nacional; Museo Arturo Michelena y Museo Alejandro Otero de la Fundación Museos Nacionales.

Compartir:

Deja un comentario