El salto del diablo: Génesis sangriento del pueblo de Paracotos

La llegada de los europeos a América es considerada y celebrada en Occidente como el acontecimiento que introdujo al mundo en la Edad Moderna, junto a un nuevo sistema de pensamiento centrado en el humanismo y el desarrollo de la sociedad a través de la ciencia; sin embargo, cuán distinta fue la realidad que se vivió paralelamente en el territorio americano en ese entonces. La conquista arrastró a su fin de manera sanguinaria a civilizaciones enteras que hasta entonces convivían colectivamente en armonía con su territorio, introduciendo un sistema donde la tierra y las riquezas extraídas de ella eran sinónimo de poder y en el que sus habitantes originarios no eran más que animales de carga.

 

Esta práctica extendida por todo el continente no fue distinta en el territorio venezolano, teniendo su momento cumbre con la llegada del conquistador Diego de Losada al valle de los Caracas y la posterior fundación de la ciudad de Santiago de León en 1567. Es en este territorio donde se desarrollaron los encuentros más encarnizados entre los aborígenes sublevados y el poder colonizador, siendo el cacique Guaicaipuro el principal de los insurrectos y su pueblo asentado en la naciente de la quebrada Paracotos el principal objetivo a ser exterminado.

Ante estos acontecimientos que marcaron permanentemente el territorio con sangre, la cultura popular paracoteña ha generado un sistema de creencias que no solo tratan de explicar fenómenos paranormales acontecidos en las zonas fluviales mediante cuentos y toponimias, sino que son justificados a través de la investigación histórica.

Suruapo
Escarpados misterios ancestrales,
de vida y muerte hábilmente escondidos
entre profundas y húmedas gargantas
silenciadas por el paso de los siglos.

Estrecho pasadizo custodiado
por el mismo diablo cual gárgola medieval
desde su arbóreo y elevado cojín,
evitando el paso al paraíso perdido.

Paraíso tropical de exóticas flores abiertas
y fértiles troncos erectos que ofrecen su sombra
y dulces frutos al Dante o el Humboldt
que ose franquear sus mágicas puertas.

Suruapo, fiel fortaleza escondida de impíos
donde aguarda el anciano cuerpo del coloso Guaicaipuro,
atado pero regio en su trono de helechos,
amamantando a sus hijos con la gloria de su vientre.

Dulce manantial de su entrepierna nace
brindando sustento a olvidadas naciones,
recorriendo y cortando entera, la vasta tierra
a la que legó su nombre y poder.

Gloria dada por su mítica inmortalidad
y su nacimiento de las líquidas profundidades
cual Venus criolla cargada de flechas
en tierras regadas por el ureo Paracotos.

Tierra fértil con cariño trabajada
por amnésicos hijos del gigante dormido,
sacados del paradisíaco útero originario
cual feto que sobrevive al cruel aborto.

Tibio suelo desgranado de su historia,
mágica compañera de los cuerpos terrestres,
que duerme latente en el espacio y su gente
para mostrarse en el acto de seducción.

Bajo estas sutiles palabras se esconden los últimos 500 años del territorio paracoteño y la idiosincrasia originaria de sus pobladores, aguerridos pero dados a la voluptuosidad erótica, un sensualismo que nace del ambiente exótico donde se emplazan las profundas hondonadas del macizo de los altos mirandinos, formadas en el Plioceno (hace unos doce millones de años), cuya erosión dio forma a los diferentes valles1 que riega el caudal del río Paracotos y donde ocurrieron algunas de las escenas más siniestras de la conquista.

En los márgenes de este afluente hicieron vida varias comunidades caribes, que subsistían de la pesca y caza de animales, la recolección y la siembra de rubros como la yuca, el maíz, la auyama y el quinchoncho mientras hacían vida colectiva en grandes bohíos cilíndricos; siendo “el pueblo de Guacaipuro (Guaicaipuro), llamado (Suruapo) Suruapay, el mayor y principal vecindario de la región”2 y en el cual podían observarse decenas de hombres y mujeres, de cuerpos firmes y desnudos entregados a las más diversas faenas y ritos, y cuya única preocupación era la defensa del territorio étnico por parte de los guerreros.

Este plácido estilo de vida cambió repentinamente con la llegada de la pólvora y el fusil español; tras la fuerte resistencia de los guerreros caribes contra la recién fundada ciudad de Santiago de León de los Caracas (1567), el 5 de marzo del siguiente año fue colocado precio a la cabeza de Guaicaipuro y su pueblo por parte del gobernador Diego de Lozada. Días oscuros llegaron a las orillas del Paracotos, durante más de nueve meses dieron mortal batalla a todo español que se adentraba en las zonas aledañas a Suruapo-Suruapay, hasta una fatídica y lluviosa noche de diciembre en la que una tropa comandada por Francisco Infante y Sancho de Villar, guiados según dicen algunos por baquianos traidores, invadió el poblado indígena, violando a sus mujeres, quemando las viviendas  y empalando a sus habitantes, que en su mayoría fueron perseguidos hasta las escarpadas gargantas para allí darles muerte contra las paredes naturales que fueron bautizadas posteriormente como El salto del diablo. 

Ante un escenario tan nefasto, los pocos sobrevivientes (entre los que no se contaba el aguerrido Guaicaipuro) buscaron refugio en poblados cercanos ubicados en el mismo afluente como Cayaguacano (hoy Popuere) –donde Pariamaca, hermano de Guaicaipuro había fijado su residencia bajo el cacicazgo del principal Popure3– y los ubicados en Guareguarito (hoy Guareguare). Pero éstos corrieron la misma suerte de manos de Cristóbal Cobos, Martín y Juan de Gámez en octubre de 1572, siendo estos hermanos “los inmediatos causantes de la pronta desaparición del pueblo de Guaicaipuro”4, obligando a los poquísimos supervivientes a negar sus orígenes bajo pena de muerte para así ganar las querellas por la posesión del territorio arrasado.

Ingratamente, otro 5 de marzo pero de 1673 fue fundada la parroquia de San Juan Evangelista de La Guaira de Paracotos (hoy simplemente Paracotos) en honor a la toponimia indígena que quiere decir en lengua cumanagoto “pueblo de agua”5 o “pueblo inmortal”6; en el preciso lugar donde se habían otorgado un siglo atrás encomiendas a algunos de los conquistadores que acompañaron a Diego de Losada en su entrada punitiva al valle de los indios Caracas”7. Si bien una gran parte de la población era de origen indígena, el territorio que fue denominado como “El salto del Diablo” fue víctima del recelo colectivo y  considerado como una tierra maldita rodeada de misteriosas historias en las que se puede escuchar, e incluso ver, el nocturno y perpetuo bramar de las almas en pena sedientas de venganza, castigadas a ese estado espiritual por toda la eternidad al no haber abrazado la fe católica.

De manera misteriosa, muchas haciendas e incluso un trapiche datado del siglo XVIII que en su tiempo contaba con ocho hornos8 fueron abandonadas en distintos momentos históricos, sucumbiendo ante el vengativo poder del agua y la vegetación silvestre, legando a los ojos contemporáneos sólo ruinas de un procedimiento de cruel conquista. A pesar de todo esto, el paracoteño actual sigue siendo un ser entregado a las voluptuosidades y apetitos de la carne, los cuales cree sanar dominicalmente con su profusa y heredada fe católica, y si bien aún le causa supersticioso temor el visitar los márgenes de sus quebradas, lo hace gustoso en los calurosos días de verano en búsqueda de frescor, distracción, privacidad y en ciertos casos alguna experiencia… paranormal en compañía de tambores, licor y lectura de tabaco; a fin de cuentas, el nativo sabe y el ajeno presiente que está en un territorio vigilado por el innombrable9.



Eduardo Zambrano Camacho

NOTAS

  1. J. M. Guevara Díaz (1983), citado por Guillermo J. Colmenares R., pág. 81.
  2. Ob. Cit., 1975 pág. 12.
  3. Ibídem, pág. 17.
  4. Ibídem, pág. 18.
  5. Arístides Rojas citado por G. Durán, (1993), pág. 9.
  6. Ob. cit., 2008, pág. 163.
  7. Ibídem, pág. 163.
  8. IPC, 2008, pág. 29.
  9. Paracotos hoy es una parroquia del Municipio Guaicaipuro en el Estado Miranda.

Fuentes consultadas:

Catálogo del Patrimonio Cultural Venezolano 2004-2008, 2008, Municipio Guaicaipuro. Caracas, Ministerio del Poder Popular para la Cultura.
Colmenares Rueda, Guillermo José, Las sociedades tribales Caribes de Caracas: su cultura ancestral. Caracas, Ediciones FACES-UCV, 2008.
Durán, G., Cuadernos de Historia Regional-Paracotos: ese ser vertido en pueblo, Los Teques, Gobierno del Estado Miranda, 1991.
María, Nectario, Los indios Teques y el cacique Guacaipuro, Caracas, Instituto de Investigaciones Históricas, UCAB, 1975.

Imágenes fotográficas: Eduardo A. Zambrano.

4 comentarios en «El salto del diablo: Génesis sangriento del pueblo de Paracotos»

  1. Interesante crónica de la otra cara de la moneda que se insiste en desterrar : la de la destrucción y sanguinaria manera de borrar una estirpe, una idea, centenares de vidas y almas de nuestros ancestros venezolanos, los reales propietarios de nuestro suelo.
    De excelente y fluida lectura, la disfrute y aprendi !
    Muchisimas gracias !

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    • Gracias a ti por tan estimulantes palabras, la historia hay que disfrutarla, sentirla, y vivirla con pasión para ser parte y contribuir positivamente con ella.
      Abrazos

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  2. Gracias por su texto que nos aporta datos y enfoques de interés sobre esta zona del Estado Miranda. Las historias locales son muy valiosas y debe ser investigadas con la mayor rigurosidad.

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