Las vidas del Dr. Knoche

Llegó a La Guaira poco después que la imprenta. Traía palabras contadas y secretos de la Selva Negra. Fundó fama entre los bajamaneros del Caribe: era capaz de momificar limpiamente. A nadie le gustaba la eternidad de una memoria así. Una tarde le tocó en desgracia subir hasta Caracas para embalsamar a Tomás Lander, el rico promotor de las ideas liberales que décadas después intentarían culminar la independencia venezolana. Entendió que momificaría un discurso también. Su abuelo Paracelso se hubiese burlado igualmente de algo así: el cadáver de Lander permaneció durante décadas en su escritorio redactando una proclama interminable, la del país mismo.

Promesas de mar había siempre en su castillete. Allí dispuso un número privilegiado de cadáveres, seis, en homenaje a la eternidad. Quiso ser él mismo uno de ellos, así se garantizó otra vida entre materias coaguladas y disueltas. Celebraba su insomnio contando relámpagos, heridas a la noche, como quiso aprender a decir en castellano. No solo por costumbre utilizaba un caballo blanco para trasladar cadáveres hasta su laboratorio. Uno se negó, Venancio se llamaba. Quería una sola muerte, le había costado mucho vivir entre el cumbe y la pesca, por eso se deshizo entre las frondas del cacao.

La silueta hospitalaria de Knoche curaba mordeduras de serpientes atigradas, pestes y locuras. Dicen que finalmente el pueblo no pudo con su arcana inteligencia y echó al mar su cadáver. Desde allí vería las palmas cocoteras desnudar la voluntad del mismo viento que lo había traído, entre fandangos y folías criollas, hasta el puerto de Veracruz, primero.

Vivió un relato anónimo de sombras y espantos. Todavía se recuerda en la montaña, con pocas pero célebres palabras. En el puerto se ha olvidado, puerto al fin. Siglos después su vida llegó a la imprenta.



Jesús Enrique Sánchez García

Imagen de portada: @juancoliveir

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