Revelaciones

La persona muy lógica se afana por aclararlo todo y todo lo vuelve
confuso, misterioso. El místico, en cambio, consiente en que
algo
sea misterioso para que todo lo demás resulte explicable.
G.K. Chesterton (1874 – 1936)

Esa tarde el poeta  tuvo la certeza de estar acabado. Al menos creía que lo estaba para el mundo, que hasta entonces tenía muestras de su existencia creadora a través de muchos libros publicados, aunque él tenía la firme convicción de que se nace y muere siendo poeta.

Y es que cinco años, once meses y una eternidad de días sin verse reflejado en un poema, al menos en uno que su acerado sentido autocrítico diera por bueno, era demasiado tiempo.

En ese período aciago, sus fieles amigos en vano intentaron reconciliarlo consigo mismo. Conocedores del carácter obsesivo de Anexímenes Portillo, de su búsqueda sin cuartel de la perfección, del decir impecable, del ritmo preciso y la metáfora insustituible, alabaron sin éxito una cierta sonoridad del decir, y aún más, unos versos afortunados.

A veces se concentraba en uno de sus poetas favoritos, Al-Hazith-Aroun, libanés cuya obra había conocido a través de amigos comunes; pensar en él le hacía recobrar alguna esperanza sobre los poderes creadores cuando uno está conectado con su mundo subjetivo y onírico; en entrevistas que daba a la prensa, Al-Hazith siempre decía que él soñaba su obra poética, que ello era una manifestación de Dios en esta tierra.

Como siempre en todos esos años, horas diarias de agónicos intentos alimentaban cordilleras nevadas a su alrededor, promontorios de papel que al final del día desaparecían a manos de la paciente señora que hacía la limpieza, para luego aparecer invencibles al día siguiente, en una interminable sucesión de aquel paisaje desolador.

Y es que él hacía parte del extenso mundo de escritores de culto a la máquina Remington, y así el ritual del sonido ahuecado de las teclas, los dedos violeta al contacto con la cinta, los sucesivos tirones al papel estéril, y el gesto rabioso que lo convertía en redondas evidencias de su infertilidad literaria, iban jalonando insensiblemente los días, meses y años.

Al llegar la noche, Anexímenes Portillo hacía su eterno vía crucis del cuarto al balcón de su enorme apartamento, y de allí de vuelta a la cocina, oteando inútilmente en su mente y en su corazón, y aún en cada célula de su cuerpo, el humus de la inspiración, el sustrato sensible que le dictara las palabras y, más que ellas, su sagrada unión en la poesía perfecta.

Cuando al fin el cansancio lo arrastraba a la cama, naufragaba en un sueño de pesadumbre en el cual no eran raras las pesadillas que lo enfrentaban a figuras monstruosas que, sin embargo, no tenían forma; era eso lo que lo aterrorizaba, esos cúmulos oscuros, informes y movedizos, que le recordaban a su vigilia cuando intentaba inútilmente dar transparencia y forma a las palabras.

El horror alcanzaba su punto máximo cuando los engendros viscosos y malolientes lo alcanzaban al fin y comenzaban a devorarlo, a succionarlo sin remedio; solo entonces descubría que ellos estaban hechos de miles de palabras mal escritas, de verbos equivocados, de sustantivos ilusorios y adjetivos que se devoraban uno al otro, en una mezcla asquerosa e incomprensible que casi se lo tragaba a él también.

Un grito salido de su garganta lo despertaba, sudoroso y con el corazón latiendo entre el miedo y la desesperación, las dos estaciones que más conoció en esos años.

Una noche, sin embargo, cuando ya los monstruos comenzaban a rodearlo, su pesadilla cambió. Algo inconsciente le decía al poeta que también su suerte estaba a punto de cambiar.

Cuando los esperpentos de palabras estaban a punto de engullirlo como era lo usual, ellas comenzaron más bien a moverse lentamente, en una especie de danza, anárquica primero, pero que luego fue mostrando gradualmente una cierta disposición, en tanto un sutil ritmo las acompañaba en el movimiento, y una determinada musicalidad las guiaba hacia lo que parecía un ordenamiento exacto y predeterminado.

Anexímenes sabía que no podía despertarse en ese momento. Algo muy tenaz le decía que estaba a punto de ocurrir un milagro en su miserable vida y que tenía que mantenerse soñando.

Poco a poco los signos fueron formándose uno al lado del otro creando líneas horizontales, en lo que sin duda era una escritura. Sin embargo, no eran palabras en el idioma del bardo: extrañamente se le manifestaban signos desconocidos, crípticos que, empero, le eran familiares.

Algunas más cortas que las otras, las líneas dejaban espacios sin escritura, especie de respiración que hacían al finalizar una determinada oración, para luego retomarla en la línea inmediatamente inferior, en lo que él reconoció como la estructura clásica de un poema.

La inteligencia desconocida que guiaba las palabras armaba sin distracción aquel texto que seguía su propio ritmo, su propia métrica, sus autónomas formas estéticas.

Cuando  parecía que estaba completo, y el poeta solo intuía la belleza del texto, ya que no lo entendía, súbitamente la escritura comenzó a iluminarse y los caracteres, desconocidos al principio, se le revelaron claramente en su propio idioma, mostrando a la luz del sueño una pieza de sublime lirismo, de una sensualidad intrínseca desconocida hasta ahora a Anexímenes Portillo, más bien creador magnífico del intelecto y la razón.

Con gran emoción pudo al fin leer en sueños aquella escritura milagrosa en la pantalla luminosa de su cerebro. Un poema acabado e impecable resplandecía en su mente al despertar. Corrió a su máquina de escribir y casi sin aliento copió el texto que relucía indeleble en su memoria. Perfecto, redondo, canónico.

Durante noches seguidas experimentó el sueño de todo poeta: la perfección de la palabra, el sentimiento común trocado en imagen inaudita, la visión iluminada; cada noche soñaba con una nueva poesía que hacía su brillante aparición, sin ningún esfuerzo de su parte.

Con sobradas razones Anexímenes se sentía feliz, realizado y, por qué no, elegido; sabía que no a todo creador le era dada la perfección a través de revelaciones como las que él recibía.

Durante varias semanas siguió soñando en las noches y transcribiendo a la mañana siguiente, en un período de feliz inocencia, como luego quedaría demostrado en los acontecimientos que siguieron después.

Un día, luego de cumplido el ritual de todas las mañanas, caminó al quiosco de la esquina a buscar El Universo, el diario que siempre compraba. Ojeando aquí y allá vio el aviso de convocatoria a un importante concurso internacional de poesía en el que siempre había querido participar, y que ahora, vista la riqueza de su onírica producción, se le presentaba como una señal premonitoria de que algo importante debía ocurrirle. Luego de tantos años de oprobio, alguna recompensa le esperaría al final del camino.

Aunque en el ínterin a veces se cuestionaba pensando que muy poco había hecho para lograr esa obra magnífica, sin embargo la euforia de quien se sentía resucitado a la creación después de tanto tiempo, le hacía dejar de lado esos pensamientos culposos y decirse, en cambio, que por algo ocurrían esos sueños, para poder así manifestar ante el mundo esa magnificencia lírica.

Decidido entonces a dar cumplimiento a ese destino manifiesto, envió al concurso el producto extraordinario de sus noches de iluminación, con el alivio de quien sabe que cumple con designios más allá del propio arbitrio.

En ese estado de ánimo transcurrieron días y semanas en espera de noticias sobre el concurso literario, hasta que una tarde, precaria ya desde el mediodía, Anexímenes Portillo recibió una llamada telefónica. Una voz que luego maldeciría por anunciar lo indebido le informó que sí, que había resultado ganador absoluto del famoso concurso internacional, y que debía presentarse en Madrid en una fecha muy próxima a recibir el codiciado premio.

Llamadas y diligencias urgentes en procura de boletos de avión y demás gestiones que le permitirían subir a bordo de la felicidad inminente, tuvieron lugar desde el mismo momento en que le fue anunciado el reconocimiento.

En esas esperanzadoras idas y venidas pasaba los días cuando nuestro poeta, sin adivinar los signos alevosos en una de esas mañanas preparatorias del viaje, salió a buscar el periódico.

Al rato de estar en su casa leyendo las noticias culturales, Anexímenes supo que había sido escogido por alguna maquinación perversa del destino; con el corazón paralizado leyó lo siguiente:

El día de hoy, el poeta libanés Al-Hazith Aroun, famoso mundialmente por asegurar que mucha de su reconocida obra  le viene revelada en sueños, acusó de plagio a Anexímenes Portillo, ganador de un destacado concurso internacional de poesía, celebrado recientemente en Madrid.
Señalando desconocer al bardo hoy acusado, el libanés pudo demostrar al jurado que todos los poemas enviados al concurso por Portillo, son parte del libro que él, Aoun, había soñado y escrito arduamente las últimas semanas, y que para el momento del mencionado certamen estaba en las prensas para su publicación, ello en estricto secreto, ya que considera de mala suerte mostrar su obra a nadie antes de ser publicada”.



Norma Socorro Marcano

Fotografías de la serie Mundos mínimos de Marcelo Barros Sandoval 

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