Bástece

Una muerte escondida, negada,
enterrada entre escombros que,
desaparecida cualquier evidencia
trae consigo una especie
de reclamo del muerto.

Conozco el insomnio, el sobresalto en las madrugadas, la pausa de las horas como si se hubiera detenido el tiempo y no avanzara, las ganas de que amanezca de una vez por todas. Una sensación de miedo, presentimiento y desasosiego,  se me manifiesta siempre en la boca del estómago. Algo me da vueltas en la cabeza. Tiene que ver con la construcción y con la manera en la que Toto se fue de ella.

—Patrón, hasta hoy trabajamos…

Viernes 3:30 de la tarde, día de paga, el equipo completo de obreros me informa que no volverá a la construcción. Todos menos Toto, quien desde el martes en la tarde se había marchado para no volver.

La obra estaba ubicada en la zona colonial. Remodelar una casa vieja siempre trae dolores de cabeza. A veces es mejor demolerla por completo y comenzar desde los cimientos. Pero los dueños querían conservarla. Era una construcción de muchos años, muchas historias y poca ingeniería, en situación deplorable, con filtraciones en casi todas las paredes que provenían tanto del techo como del nivel freático.

Había logrado reunir un equipo de trabajo del que me sentía muy contento. Eran obreros con los que había trabajado antes, gente del llano, de los que uno llama “de colcha y cobija”. Se instalan en la misma obra, improvisan una cocina, duermen en chinchorros unos, otros en catres y, como ellos mismos aseguran:

—Patrón, para dormir lo único que necesitamos es sueño.

Trabajaban por contrato. Nunca estaban pendientes de sindicato ni de nada parecido. Lo que sí exigían era el pago acordado sin demoras. Terminaban una tarea, generalmente en tiempo récord, porque de eso dependía que sus ganancias fueran mejores.

Eran seis: Sucre, El negro, El flaco, Panqueca, Cara e’ jeva y Toto. Nunca se llamaban por sus nombres y gozaban un puyero contando el origen de sus apodos.

La camaradería desarrollada entre ellos era por demás afable. Las bromas, los chistes, los cuentos y hasta un lenguaje de lo más peculiar. Generaron un código de entendimiento del cual a veces me sentía excluido. Tenían varias expresiones de las que aún guardo recuerdos de…: “Bástece”, en particular, era constantemente usada por Toto y daba para todo. Equivalía a algo como: “está dicho”, “totalmente entendido” o “no se diga más”, pero en una sola palabra.

Un martes se quedaron, solos, trabajando hasta tarde. Empezaron a beber ron porque “estaban fuera del horario”. Entre el trabajo y la joda, exploraban una excavación al fondo de la casa que, más que un hueco producto de una filtración, la erosión del agua y el trabajo de los roedores, parecía una caverna, una cueva donde cabía perfectamente un hombre de pie.

El miércoles hubo una tranquilidad inusual en el trabajo. Los compañeros que por lo general amanecían montando el café, en una sola broma con doble sentido, apurándose los unos a los otros más para molestar que otra cosa, permanecían en silencio. Un silencio espeso que abarcaba toda la casa, que la hacía más oscura, más húmeda. Así transcurrieron el jueves y el viernes, sin mayor explicación.

La noticia de que Toto se había ido de la construcción el martes en la noche sin decir nada no me cuadraba en lo absoluto, y menos cuando su familia vino a preguntar por él, porque ni siquiera había llamado. La presencia de su mujer y su hija en la casa, como si presintieran algo; su hija diciendo en voz alta y de manera insistente que su papá estaba allí, que ella podía sentirlo, me conectó enseguida con mis pesadillas acerca de un suceso insólito en la obra y, casualmente, con Toto de protagonista.

Pero todos sus compañeros, casi al unísono, decían que el martes a eso de las seis de la tarde, Toto había recogido todos sus peroles y, sin mayor explicación, les había dicho que no trabajaba más y que se iba para su casa.

El viernes, cuando me anunciaron que no continuarían en la obra, sin haber tenido ninguna discusión o desacuerdo, sentí cierta suspicacia. Les pedí que por favor me esperaran para reunirnos.

El encuentro se llevó a cabo en un callejón cercano donde podíamos conversar sin ninguna interrupción. La expresión del rostro de cada uno era entre sombría y de miedo. Conmigo no se atrevían a echar el mismo cuento otra vez. En nombre de la amistad que habíamos cultivado, les pedí que narraran exactamente lo acontecido en la obra ese martes. Pronto empezaron a balbucear algunas frases que denotaban que no habían dicho la verdad acerca de lo que había sucedido esa noche cuando se quedaron trabajando hasta tarde y exploraron aquella excavación al fondo… de la casa que, más que un hueco producto de una filtración, la erosión del agua y el trabajo de los roedores, parecía una caverna, una cueva donde cabía perfectamente un hombre de pie.

De pronto escucharon un coño salido del hueco y del alma de Toto. Corrieron a ver qué sucedía, y allí estaba él, tendido boca abajo, aún con espasmos y rodeado de un charco de sangre que los aterró a todos.

El miedo los secuestró a los cinco: Sucre, El flaco, Cara e’ jeva, El negro y Panqueca se vieron las caras y sabían, o creían saber, que el último suspiro de Toto había sido definitivo, estaba muerto. Discutieron entre ellos, se sentían agobiados, confusos, pero sobre todo, los invadió el miedo de que los pudieran implicar en aquel fatal accidente.

No se sabe si fue el ron, el cansancio o la falta de experiencia lo que los llevó a tomar la nefasta decisión de envolver a su compañero en una improvisada mortaja hecha de una sábana vieja, recoger todas sus pertenencias y sepultarlo en el mismo hueco, tapiarlo con todo el escombro extraído de la construcción y sellarlo con una gruesa capa de cemento que vaciaron en la entrada de la excavación, para no dejar ningún indicio. Se bañaron, limpiaron sus cuerpos, como si trataran de limpiar también su consciencia, y se durmieron.

Ellos mismos no entendían, y sentían la necesidad de irse del lugar, de dejar la ciudad. El cargo de conciencia que tenían era muy grande y sabían que los acompañaría por mucho tiempo.

La pesadilla que todas estas noches no me dejaba descansar en paz habría sido una revelación de lo ocurrido. ¿Qué debía hacer ante esa confesión? Al ser el responsable de la obra, aquello me implicaba directamente. En cuanto al aspecto moral, ¿qué debía decirle a la familia de Toto acerca de su desaparición? Ahora todo eso formaba parte de una pesadilla real.

No hice nada. Abandoné el contrato sin darle mayores explicaciones a los dueños de la casa. Nadie entendió. Me embargó una depresión que aún hoy, después de tanto tiempo, me persigue. Como si Toto me reclamara un poco justicia.


Rafael Sánchez Chapellín
Fotografías de la serie “Puerta de tierra, puerta de mar” (2020) de Rafael Guillén

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4 comentarios en «Bástece»

  1. Toto parece ser la conciencia, quien puede morir repentinamente sin que haya culpable. Aún así su muerte acarrea dolor y persecusión. Un colectivo puede enterrar a Toto, pero no quienes lo amaron, aunque fuesen pocos. La muerte e la conciencia genera una grave reacción, enloquece. El mayor responsable fue el jefe de la obra. El colectivo no supo actuar, debido a la perplejidad del momento, pero el jefe el jefe lo pensó, lo intuyó, lo supo y no hizo nada. Ni siquiera terminó la obra.

    La pluma de Rafael Sánchez Chapellín es muy prometedora.

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  2. WoW! Me encanta!

    Que facilidad para atrapar la piel, el verbo y el terror de unos obreros y la intuición premonitoria y manejo de conciencia de quién es responsable por ellos!

    Me encantó y sorprendió que hilaras una historia fantástica con tanto material autobiográfico!!! Hasta ahora siempre creí que un relato así, solo podría salir de la pura fantasía y ya veo que no… Te salió el preludio de una leyenda, eso sí, más elegante y lograda Rafa!

    Entre lo ameno de leer y las propias variaciones dentro del cuento, unas veces con rico tono, otras llano y sencillo y unas más de forma inquietante que me pusieron el sudor y escalofrios de la piel del protagonista -lo imagino!- en el cuello; pude sentir el agrado que me daba leer uno de mis favoritos!!!

    Está buenísimo, que sabroso leerte Rafa! gracias por compartirlo y que sean muchos más!

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  3. Una gratisima coincidencia de crónica, ficción, un realismo ma´gico a lo Sanchez Chapellin!
    Realmente muy bueno, unas lineas con un tempo hilvanado in crescendo bien interesante.
    Que experiencia tan agradable leerte!

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