Fotos de una boda

Una amiga le dio la noticia en medio de una conversación. La dejó caer como dados sobre el tablero de juego. El auricular la ayudó a esquivar el golpe, o al menos eso pensó en el momento, porque pudo seguir hablando sin que la delatara el pulso agitado, el temblor en las piernas. Su voz pasó por encima del nudo en la garganta. Contestó con tino cada pregunta. Como si le estuvieran hablando del amigo de una amiga al que apenas conoció. Poco después, encontró las fotos en su perfil de Facebook.

Se habían conocido hacía más de diez años. De inmediato se involucró con él por razones que no podía explicar, ni en aquel entonces ni ahora. Más que una relación, tuvieron una serie de coincidencias. Algunas veces de palabras, otras de cuerpos.

Dos años atrás se hablaron por última vez. Lo llamó por teléfono y él le contó que se iba a otro continente a probar suerte. Le pidió que se vieran antes para aprovechar el tiempo que le quedaba aquí. Le aseguró que allá estaría muy solo. No se vieron. Meses después se enteró de que había hecho el viaje con su novia, la misma con la que había regresado para casarse. No se sorprendió porque siempre fue misterioso y esquivo. Aceptó ese hecho como parte de la esencia de su vínculo.

Fue una historia vacía. Limpia y distante. Puntual. Llana. Ausente de promesas. Pero ahora, mientras miraba las fotos, brotaban las lágrimas. No hacía el intento por secarlas. Pensaba que, al dejarlas fluir, la tristeza también se iría gota a gota; pero ya podía adivinar el fracaso de su intención.

Lloraba como si le hubieran faltado a un acuerdo suscrito con suspiros. La certeza del nunca más, tan parecido a la muerte.

Seguía en silencio frente a las imágenes. Seca por fuera y por dentro. El dolor era un pequeño trozo de vidrio incrustado en la planta del pie. Una herida que no sangra, pero tampoco desaparece.



Yilenia Meléndez Z.

Imagen de portada: Zacarías Santorini

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