Penúltimo sacramento

Mi corazón es mío cuando siento que en mis dedos se rompe el infinito…
Juan Eduardo Cirlot

En Chaguaramal se hizo noche el deseo de llegar a la barranca del Caipe. Algo lo retuvo sobre el caballo. Sintió de pronto cómo organizaba su oído derecho una corriente de silencio gris, una tolvanera sorda. Por el izquierdo percibía con exagerada intensidad cualquier sonido.

Había desertado, nunca tuvo rango entre la tropa de Arévalo Cedeño. Ni siquiera nombre. Llevaba heredado ese relato desde la orfandad.

Cruzó la mirada con los que pasaron junto al canoero antes de embarcarse.

Pasó con la corriente un Candil de las Ánimas, de los que hallaban a los muertos en los recodos del río.

Al rato, una lámpara de carburo hirió la oscuridad en la otra orilla. Cargándola, un sacerdote encabezaba el grupo. Traían un cuerpo sobre la bayeta, del lado de la muerte. La bandola registraba un tono de velorio. El cura, al verlo, ya traía el rostro estirado por el terror, los perros ladraban erizados. Sabía que era él. No se atrevió a confirmarlo, no regresaron del recuerdo.



Jesús Enrique Sánchez García
Mantener el pulso del relato y evadir la facilidad con la que se convierten las narraciones breves en ejercicios de prosa egotista es lo más exigente de escribirlas.

Imagen: fotografía de Claudia González

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