Quinta El Conoto. Vivir en el arte

La muerte de Carlos Cruz-Diez el 27 de julio de 2019 reveló la importancia de su obra en nuestras vidas y el sentido de pertenencia que despierta en los venezolanos. La dilatada producción artística del “maestro del color” ha acompañado a varias generaciones de sus connacionales en Venezuela y en el mundo, no solo porque está presente alrededor del planeta sino porque nuestro gentilicio se ha dispersado hacia otras latitudes.

Y es que el artista es de esas personalidades por las que toda Venezuela siente orgullo y empatía. Creo que donde esté un venezolano habrá un recuerdo de Cruz-Diez: un retrato cromosaturado, la foto del día de la partida sobre la Cromointerferencia de Color Aditivo en el Aeropuerto Simón Bolívar y la apropiación de sus mosaicos ‒souvenir desprendido de la obra‒, un libro, un catálogo o un díptico dedicado con la firma del maestro en letra de molde y trazos francos…

A través de sus redes sociales, numerosos venezolanos hicieron pública su tristeza por la partida de Cruz-Diez, pero también su alegría por haber estado cerca, de alguna manera, de la obra del prolífico creador. Las imágenes que más circularon fueron la de un mapa de Venezuela, teñido por el Color Aditivo y acompañado de la frase “¡Gracias por tanto, maestro!” y la de la Torre Eiffel, igualmente vestida por la famosa Cromointerferencia a la vez sinónimo de despedida y de posible retorno. Se trataba de un muy bien realizado montaje que reflejaba el deseo colectivo de un merecido homenaje. No era algo insensato. Después de todo Carlos Cruz-Diez, considerado uno de los representantes más significativos del arte óptico y cinético en el mundo, vivió y trabajó en París desde 1960 hasta la fecha.

Aun habiendo sido desmentida la veracidad de la proyección sobre el emblemático monumento parisino, la gente siguió exhibiendo la imagen en sus avatares, estados y stories de redes sociales. Incluso muchos la dejaron para siempre, pues según ellos: “no me consta que sea un fake”, “se lo merece igual”, “me gusta”, “es bonito”. Muchos sintieron que tenían algo del maestro en sus vidas.

Reconforta comprobar que la sensibilidad por el arte puede ganarle terreno a tantos sinsabores, incluso al abandono. Porque si bien parte de la obra de Cruz-Diez en nuestro país ha sido conservada, también hay piezas afectadas por el deterioro y otras incluso que comienzan a desaparecer.

El 17 de agosto de 2019, Carlos Cruz-Diez habría cumplido 96 años. Para esa fecha, aún cercana a su deceso, en Caracas se gestaron diversas actividades en su honor: recorridos en torno a la integración de su obra en la arquitectura, conferencias a cargo de expertos en arte, exposiciones y actividades en museos y galerías, reportajes, infografías y reportes de la existencia y del estado de su obra pública en todo el país. Quince días antes tuvieron lugar una sesión del Concejo Municipal de Chacao en los alrededores de la obra Fisicromía Doble Faz (1993) que Cruz-Diez le regaló al municipio y una misa en la iglesia Don Bosco, con la participación de músicos y coralistas del Sistema Nacional de Orquestas. En ambas actividades se unió lo emotivo a lo solemne.

Ni influencer ni influenced pero sensibilizada ante tantos homenajes, acudieron a mi memoria diversos recuerdos de la infancia en los que estuvo presente la obra de Carlos Cruz-Diez, particularmente aquellos de su integración a la arquitectura durante la década de los setenta.

En una muy breve crónica, narré que entre 1975 y 1979 solía visitar a mis primos Hernández d’Escrivan quienes vivían en la calle Laguna de Tacarigua ubicada en la caraqueña urbanización Cumbres de Curumo. En los jardines de aquella serena cuadra residencial, jugábamos con otros niños. Un día Valentina, la menor de los Gamero, nos invitó a pasar dentro de su moderna casa: la Quinta El Conoto.

Aún recuerdo el agrado que significó entrar, literalmente, en una obra de arte, y el contraste entre el calor externo acompañado de la luz estridente de un día sin nubes y la frescura apacible del interior tras pasar el portón hecho de una Fisicromía (1974) de Carlos Cruz-Diez cuyo trabajo, ya a los ocho años me atrevía a reconocer y apreciar. Ese día sentí que había traspasado el umbral hacia la sofisticación de vivir, no solo rodeado de arte, sino “dentro” del arte.

Entre los lectores se suscitaron numerosas reacciones e interrogantes: dónde quedaba la casa, si aún existía, de quién era. Alguien mencionó que durante la secundaria pasaba todos los días en el transporte escolar frente a la Quinta El Conoto. Le pregunté si la casa le inspiraba algo en particular y respondió: “Nada especial…, me parecía chévere, en realidad yo estaba pendiente de otra cosa, tenía 14 años, pero me gustaba verla”.

Un arquitecto comentó que sus primos instalaron la obra cuando se construyó la vivienda. Otra persona aseguró haber sido contratada por el dueño para retirarla antes de la década de 2010. No recordaba muy bien la fecha, solo que aún no existían teléfonos inteligentes y que, probablemente, eso había ocurrido antes del nacimiento de sus hijos. Lo que sí era seguro es que había sido antes de que le robaran el Chevette, y es que en Caracas al chronos lo definen determinados acontecimientos más que otros. Me habló también de aquel patio-jardín interno, fresco y umbrío, pero sin más detalles: “Una señora se encargó de darnos agua y café mientras hicimos el trabajo. Las láminas pesaban mucho, eran de hierro”.

No hay imágenes de cómo quedó la Quinta El Conoto sin su Cruz-Diez, ni creo que las habrá. Tras ser vendida hacia el año 2015, la casa parece haber sido severamente reformada. La calle fue cerrada con un portón elevado y vigilancia. Dicen que un clan familiar adquirió toda la cuadra, aconsejado por expertos acerca de su situación estratégica en caso de necesaria estampida.

Así, mientras algunos sectores de la ciudad se van despoblando y las obras de arte se recogen, son restauradas y embaladas para tomar rumbo hacia nuevos destinos, colonos contemporáneos conquistan otros espacios, aunque siempre estén prestos a partir. ¿Todavía jugarán niños en esas tranquilas aceras?

Ya el conoto no anida en la quinta que llevó su nombre, hogar del destacado biólogo y zoólogo Alonso Gamero Reyes y de su familia. Pero el zamuro se mantiene vigilante, verdadero dueño de esos territorios. No en vano antes de su moderna urbanización a finales de los años cincuenta, hubo en la zona una hacienda de nombre caribe Curucurumo: “lugar donde se para el zamuro”.

Si bien final y transformación son parte de un proceso natural, comparto con muchos la nostalgia de no volver a ver el mágico portal de arte creado durante aquella década de lentejuelas y espléndida cornucopia.

 



Denise Armitano Cárdenas

Fotografía de portada: fundamemoria.blogspot.com
Fotografías:
1: Felipe Rotjes para elestimulo.com 2: Homenajes a Cruz-Diez en Internet 3: Plano cortesía Arq. Jorge Castillo
4: Imágenes cortesía de Elbano Sánchez 5: Imagen Atelier Cruz-Diez Paris © Adagp, Paris 2019 y  collage digital 

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4 comentarios en «Quinta El Conoto. Vivir en el arte»

  1. Denise qué bonito homenaje al maestro Cruz-Diez. Las emociones que despierta el arte a tan temprana edad!! Qué maravilla de relato, me ha encantado y me ha transportado a otra época…

    Un abrazo y felicidades por esta iniciativa, hay que seguir creando y cultivando los valores en todas sus expresiones.

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  2. Gracias Denise por compartir tan singular recuerdo y más para enaltecer la obra de tan admirable artista como lo es -sí, en tiempo “presente”- el maestro Carlos Cruz-Diez.
    El arte en general se nos manifiesta en la dimensión de lo emocional, ajeno a “lógica” o racionalidad alguna, ejerce su atracción en nosotros, nos seduce o puede generar incomprensión y eventualmente causar rechazo pero nunca indiferencia…
    Sigamos en la labor de difundir cultura, de “emocionar” y preservar la memoria de nuestro valores!

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