Breve estampa navideña

Las campanadas asoman en la lontananza que teje la noche una herida que se abre en la sombra y despierta una soterrada, inesperada alegría. Luego comienza una música a todo volumen desde la torre de la iglesia. Es la iglesia de la Pastora en Caracas, o quizá la Basílica de Nuestra Señora del Valle en Margarita, o cualquier templo en Venezuela con alta o mediana torre rodeada en la madrugada de un espeso silencio. Cuesta levantarse en esas horas, más si eres un niño. Hace frío, un poco, pero uno se va sacudiendo poco a poco la sábana, luego que papá nos lleva a la cama una tacita de café bien fuerte y caliente. “Levántense, vamos a comernos una arepitas dulces en la plaza”, dice, y nos deja a media luz para vestirnos. Mientras, vuelve un sonoro repique de broncíneas campanas, que irrumpen sobre las casas y edificios, anunciando una buena nueva, el inicio de las misas de aguinaldo. Inmediatamente después, la música de las cornetas, instaladas en lo alto del reloj o el campanario, acometen un calentamiento en el aire, donde se dejará constancia de no pocos esfuerzos y tradiciones. Lo que suena son siempre algunas melodías, por un buen rato, hasta que vuelven las campanas. Todas las canciones pertenecen al mismo disco, que colocan una y otra vez en los nocturnos altavoces que hacen las veces de un prolongado llamado al encuentro. Es la grabación de 1965 del Quinteto Contrapunto, volumen 3, dedicado a los aguinaldos venezolanos. ¿Qué no podríamos decir de este clásico grupo de artistas y músicos que se dedicaron a renovar y difundir nuestro preciado legado musical?

Debemos recordarlos: eran Rafael Suárez, Jesús Sevillano, Morella Muñoz, Otilia Rodríguez, Aída Navarro y Domingo Mendoza. Sus voces emblemáticas y personalísimas, las melodías del gran folklore venezolano, su investigación y arreglos han quedado como muestras de una excelencia muchas veces alcanzada por nuestra música y poco reconocida por las nuevas generaciones.

Estas y otras melodías son ya parte de la tradición de la música navideña venezolana: “La Pascua es hermosa”, “Casta paloma”, “Aguinaldo carupanero”, “Niño lindo”, “Adorar al niño”, “De oriente venimos”, “La cabra mocha”, entre otras melodías acá recopiladas. Era la perfecta armonía que abría en ese llamado hecho música para las fechas decembrinas, en una envoltura tal que debería recordarnos las cajas musicales de madera que antaño encerraban secretas melodías de cavicornios de otro mundo, de un mundo que solo la música sabe entrever.

Sigue sonando en la baja madrugada la música, en esa hora que anuncia la misa de aguinaldo, entrecortada de cuando en cuando por un emocionado repique de campanas. Abre la puerta en el aire de la noche la voz de Morella Muñoz hacia un territorio desconocido, un mundo completo pende de ese hilo de voz que se alarga hasta mi cama y me abre un jardín de ensueño que no ha cesado de vibrar.

Ya casi hay que estar en la misa. Se prenden las luces en la iglesia y al buen rato comienza la parranda en una de las naves a un lado del altar principal, justo al frente de un inmenso nacimiento ricamente decorado que cubre toda la capilla de una de las naves laterales a la diestra del altar mayor. Retumban entre los arcos del templo el sonido de los tambores y se expanden hacia toda esa altura iluminada y festiva. En medio de esa entrada, es el Niño Dios quien anuncia su arribo por nueve días continuos, es quizá también el pequeño Dionisos entronizado el que parece irrumpir en el espacio, que todo lo sacraliza en ese estruendo. La vibración de ese anuncio parece que se hace carne y nos traspasa, que estremece los vitrales, así como también a los blancos y trémulos lirios que bostezan en la baja madrugada del día, los ojos vítreos y asombrados de los santos palpitan, las lámparas de cristales encendidas en lo alto lucen temblorosas o vibrantes. También comulgan en esta entrada triunfal los cálices y copas de plata, los rosarios de piedras que cuelgan en las manos y sobre los cuellos, todo se incendia en una luz que se hace sonido y nos invoca al baile en el corazón mismo, se invoca al regocijo y llega presta la alegría.

Los nueve días de fiesta representan esos nueve meses de gestación divina. Y esas madrugadas o noches en nuestro país se llevan a cabo con una alegría muy particular. Se celebra el nacimiento del pequeño dios bromio hecho carne y sonido, reverberando en la música, que es su ámbito. Es una comunión diferente la que acontece entonces, es una fiesta del sentido que irrumpe desde el primer repique, la música de aguinaldo y el estruendo magnífico del ritmo de un sonoro tambor y un furruco que imponen su dominio, que sacuden el cuerpo y hacen trepidar los cimientos del templo. Algo se anuncia y acontece.

Comienza la misa en medio de este inusitado y esperanzador júbilo, no hay espacio para el desencanto, algo se renueva y está ya en la sangre, palpitando. Suenan durante la liturgia el cuatro, el tambor, el furruco, la charrasca, y las voces unísonas que encantan otra vez las ahora viejas viejas melodías: “Din, Din, Din”, “Cantemos, cantemos”, “Fuego al cañón”, “Espléndida noche”, “De contento”, “Corre caballito”, “Tun tun”, “A ti te cantamos”, “Alegres cantemos”. Sigue luego acompañando el canto y la parranda, los otros instrumentos que hacen lo suyo: la bandola, la pandereta, el cinco y el triángulo también honran al pequeño dios que habrá de venir.

Quizá al terminar la misa queda encendida alguna vela, temblorosa ante el día que se asoma por las ventanas y vitrales. El día ha sido santificado y el inicio de la rueda de la pasión ha quedado sellada en un pacto que ha unido por un momento lo más sacro de la vida religiosa de un pueblo con la expresión y emoción más profana de su tradición, y en cuyo compacto homenaje se rememora ahora y siempre un vínculo de vida entre nosotros.



Eduardo Tovar Zamora

Fotografía de portada: Johnny Gomes
Fotografías: Pesebre Addel Perdomo – Vitral (detalle) Francy Ríos
Imágenes de ilustración ubicadas en Internet   

Compartir:

2 comentarios en «Breve estampa navideña»

Deja un comentario